Los CFC se inventaron hace aproximadamente 65 años, mientras se buscaba una nueva sustancia que no fuera tóxica y que pudiera actuar como un refrigerante seguro. En poco tiempo, una de estas nuevas sustancias, conocida por la marca comercial Freón de los laboratorios DuPont, sustituyó al amoníaco como fluido refrigerante estándar en sistemas de refrigeración domésticos. Posteriormente, se convirtió en el principal refrigerante utilizado en los sistemas de aire acondicionado de los automóviles.
Durante los años 50 y 60, los CFC se utilizaron para otras muchas aplicaciones diversas: como propelente en aerosoles, en la fabricación de plásticos y como limpiador para componentes electrónicos. Toda esta actividad hizo que el uso de los CFC a nivel mundial se duplicara cada 6 ó 7 años. A principios de la década de 1970, la industria utilizaba aproximadamente un millón de toneladas por año.

A finales de la década de 1960, los científicos todavía no eran conscientes de que los CFC podían afectar a la atmósfera. Esta ignorancia no se debía a una falta de interés sino a una falta de medios. Para la detección de las pequeñas concentraciones de estos compuestos en la atmósfera era necesaria una nueva generación de detectores más sensibles.
Tras desarrollar un detector de estas características, en 1970 el científico británico James Lovelock fue el primero en detectar la presencia de CFC en el aire. Lovelock informó que uno de estos compuestos, el CFC-11, tenía una concentración atmosférica de 60 partes por billón. Para que se puedan hacer una idea, la concentración de metano (gas natural) es 25.000 veces mayor. Veinte años antes, la simple detección de metano se había considerado una gran proeza.
Lovelock detectó CFC-11 en todas las muestras que había tomado del aire que pasaba sobre Irlanda proveniente de Londres. Esto no era sorprendente, ya que la mayoría de las grandes ciudades, entre las que se incluía Londres, utilizaban grandes cantidades de CFC. Sin embargo, Lovelock también detectó CFC-11 en las muestras de aire que se habían tomado directamente en zonas próximas al Atlántico Norte, donde no existía la polución típica de las grandes ciudades.
Este descubrimiento inesperado animó a Lovelock a realizar otros estudios. Para ello, solicitó al gobierno británico una modesta suma de dinero para poder instalar su detector a bordo de un barco que viajaba desde Inglaterra hasta la Antártida. Su solicitud fue denegada; una de las personas que evaluaron su solicitud comentó que incluso en el caso de que esta medición fuera un éxito, no se podía imaginar ninguna otra investigación tan poco útil como la de descubrir la concentración de CFC-11 presente en la atmósfera.
No obstante, Lovelock insistió. Valiéndose de su propio dinero, Lovelock instaló su detector a bordo del buque de investigación Shackleton en 1971. Dos años después, este investigador británico informaba sobre la detección de CFC-11 en cada una de las más de 50 muestras tomadas en el Atlántico Sur y Norte. Lovelock dedujo acertadamente que el gas había sido transportado por movimientos de vientos a gran escala. Lovelock también afirmó que los CFC no eran perjudiciales para el medio ambiente, una conclusión que pronto se demostró que no era correcta.
Capa de ozono